domingo 26 de julio de 2009
Fiestas Patrias en Marcaconga
Cuando empezamos a cruzar los pueblitos del camino nos dimos cuenta que las casas habían sido arregladas para la ocasión. La mayoría de paredes de adobe estaban recubiertas de la leche blanquecina de cal. En las más entusiastas se había escrito encima lemas tales como Viva el Perú Viva el 28 de julio y había incluso dibujos de banderas y escudos.
Cuando llegamos cerca a la Comunidad de Marcaconga, nos dimos cuenta que estaba por empezar el desfile. Nos apostamos en la Plaza Principal como únicos espectadores trepados a la camioneta y poco a poco, el caos se volvió orden. Mientras la banda, apostada en una esquina, tocaba una tras otra marchas conocidas, vimos desfilar a todo el pueblo. Empezaba la Junta Directiva de la Comunidad Campesina, con su estandarte y su banderola oficial. Seguían los centros educativos de nivel inicial, primaria y secundaria, con sus maestros y sus estandartes cada uno. Luego le tocó a las diferentes organizaciones y grupos de la comunidad, las mujeres del Club de Madres y el Comité de Vaso de Leche, los antiguos mineros con sus cascos puestos, el equipo de futbol perfectamente uniformados y con su pelota en la mano, el comité de agua potable, el comité de iglesia, entre otros. Cerrando con broche de oro, los licenciados del ejército, todos luciendo sus uniformes respectivos, hasta los más viejitos con esos uniformes de paño de lana verde perico, que sólo había visto en los museos.
Nunca antes ni después me he dado cuenta del sentido de un desfile patrio. Hasta ahora recuerdo la sensación de que estaba ante algo extraordinario y al mismo tiempo tan simple como ver a todo un pueblo organizado para desfilar y celebrar el día de la patria con tanta determinación y compromiso.
Lástima que no hay fotos ni filmaciones de esa experiencia, pero el recuerdo regresa cada vez que se acercan las fiestas patrias y le da un poquito de sentido a la celebración.
martes 16 de diciembre de 2008
De nuevo en Chiclayo
Todo esto tiene que ver con mi último viaje a Chiclayo en el cual, cuando paseaba por sus calles principales me encontraba con lo mismo que vería en cualquier zona comercial limeña, las mismas marcas, las mismas cadenas de tiendas y eso me hacia pensar en cuanto nos estamos pareciendo...no solo dentro del país, sino en el mundo...Pero por suerte, todavía existe algo especial en Chiclayo, como el arroz con pato y el cebiche, los sombreros de paja, las parejas bailando tondero y marinera y los "manteles de matrimonio" (primera vez que me entero de que una tradición así existía, y me regalaron uno, a pesar de que no me casé ni fui madrina de matrimonio!).
Pude ver todo eso al compartir un par de días apurados, y claro, también yendo al mercado modelo, donde finalmente conseguí la foto de un puesto de hierbas y medicina tradicional que me quede con ganas de tomar en mi viaje anterior.
Hace más de un año que había dejado abandonado este blog y aunque en este tiempo he viajado a otros lugares y tengo a medio escribir varios textos, quiero "volver al ruedo" con esa foto que me tenía pendiente.
domingo 2 de diciembre de 2007
Menos de una hora en Chiclayo

En una distancia de tres cuadras y mientras iba en busca de los kinkones me encontré con dos señoras vendiendo bolsitas de esta fruta. No recuerdo su nombre, tres sílabas directas, quizás jamela o algo así, debí apuntarlo!! Bueno, el hecho es que son los mango más pequeños que he visto y por supuesto son muy ricos!
Finalmente llegué a la tienda de kinkones y me encontré que no sólo estaban los clásicos San Roque, sino que había otros más, los Lambayeque. Por supuesto tenía que preguntar sobre ellos, por qué los vendía, por qué eran más baratos y si eran de buena calidad. La vendedora primero me aclaró que la tienda no era una dependencia de la fábrica San Roque, como yo siempre había creído. Luego me explicó que quienes hacen el kinkon Lambayeque son trabajadores jubilados de la fábrica San Roque. Entonces, por supuesto, los compré, y resultaron muy buenos!
Luego me encontré en plena Plaza de Armas con una familia de comuneros de las alturas de Cusco. Estaba apurada por llegar al mercado modelo en el que me habían dicho que podía encontrar algo de artesanía de la región, así que no les tomé una buena foto, ni les hice la conversación de rigor para saber qué los había llevado por allá. Parecía que estaban vendiendo sus artesanías. Me pregunto cuantos artesanos viajan como ellos, vendiendo sus productos, conociendo nueva gente. ¿Qué vida llevarán? ¿Dónde se alojarán? ¿Les saldrá a cuenta hacer estos viajes? La próxima vez, me prometo hacer las preguntas del caso.
Siempre que viajo a un sitio me gusta ir a sus mercados, pues tengo la impresión que en esos lugares está parte de la esencia de la ciudad. Los puestos de mercado, la forma como se exhibe la mercadería, la actitud de los vendedores, el olor de la comida, los productos novedosos que encuentras en cada lugar, hasta te dan ganas de hacer el mercado a no sé cuantas horas de distancia de tu casa, y a veces de alguna manera lo he hecho. Lamentablemente no tenía el tiempo para dar vuelta que hubiera querido y en los dos o tres puestos de artesanía que encontré no pude hallar nada que me interesara. Pero con lo que me encontré, y perdonen lectores si esta vez no acompaño una foto, fue con unos increíbles puestos de venta de yerbas y recordé que estábamos en el norte del Perú, famoso lugar de yerberos, curanderos y brujos. Filas de San Pedro, atados de distintos tipos de yerbas, así como los otros elementos necesarios para una buena mesada. Una pena que no me haya atrevido a sacar la cámara y disparar, aunque sea al azar, unas cuantas tomas. Otra vez será.
domingo 18 de noviembre de 2007
Regreso a La Paz
Como se ve en la foto, el edificio de esta universidad se ha construído encima de una casona antigua. No sé mucho de la universidad pero por lo que aparece en su página web, parece ser una universidad bastante nueva. La metáfora del edificio es bastante poderosa: construir sobre bases históricas un nuevo modelo, al menos así lo entiendo yo. A continuación un detalle de la fachada del edificio. La pared está cortada, dejando aparecer detrás la nueva estructura. Ya que esta vez no llevé la cámara, le pedí a Nélida que las tomara para mí en su cámara, gracias amiga!
Hay varias cosas más que comentar de esta visita. La situación política difícil que se vive en el país, en el medio de un proceso de cambios significativos para las grandes mayorías. La evidencia ya no tan sorpresiva de nuestros límites culturales poco claros. Encontramos taaaaantas artesanías peruanas, pero también referencias a canciones que hemos crecido pensando que eran nuestras, entre peruanos, bolivianos, ecuatorianos, en fin. Pero eso quizás sea materia de una siguiente entrada. Por el momento, aquí me quedo, sino corro el riesgo de no levantarme mañana temprano para tomar el avión de regreso.
domingo 28 de octubre de 2007
PhotoHunt: Pink
Advertencia: hay texto en castellano líneas abajo.
I've been thinking about having this place bilingual, and the opportunity comes reading Raymond's blog. Raymond is the first and only one commentator I have had so far, and today, visiting his blog I found he is participating in the PhotoHunt. I thought it was a good idea, and went to see mypicture files, because I needed to make a connection between my blog's topic: travels and the topic of the contest: theme pictures. So this one is a picture taken this June, in one of my trips to Brattleboro, VT, one of the places has become like home, because I am traveling there since 1999, when I was studying at the School for International Training.
It was the 6th Annual Strolling of the Heifers Parade & Festival. For those of you not familiar with New England towns like Brattleboro, this festival shows the town's spirit. Someone told me that the idea of this festival was to create a parallel to the world-known San Fermín's Fiesta in Pamplona, Spain and in a way it shows the different life style. It is evident that while showing the long tradition of farming in Vermont, in special cattle, you also appreciate the rural, quiet and friendly style of the area. Most of the town people wear clothes with a "cow" topic, but this woman performing udders was quite original!
Bueno, en castellano, aunque no en traducción literal.
El motivo para esta entrada es participar en el PhotoHunt, una idea que acabo de conocer abriendo el blog de Raymond, hasta ahora mi único comentarista। Para participar en esta iniciativa hay que colocar una foto en tu blog que corresponda al tema semanal previamente elegido y luego avisar a la iniciadora de la idea. En mi caso, y para no salirme de mi tema, me tocaba buscar una foto rosada y que fuera al mismo tiempo un buen motivo para hablar de uno de mis viajes.
No fue difícil encontrarla y por suerte tenía que ver con uno de los temas que tenía en lista para escribir: Brattleboro, Vermont, Estados Unidos. Conozco este pueblo desde febrero de 1999, cuando fui a estudiar a School for International Training, una escuela de postgrado pequeñita y amigable, en medio de las colinas। Al seguir visitándola a lo largo de los años, he podido conocer un lado de Estados Unidos que por lo general pasa desapercibido en los medios masivos: los pueblos rurales, tranquilos y casi enteramente "blancos" y en los cuales el estilo campesino va mezclado gratamente con un elevado nivel educativo.
La foto tiene que ver con un festival anual, llamado "Strolling of the Heifers", algo así como "Paseo de novillos". Un amigo me dijo algo así como: Si los de Pamplona pueden tener su San Fermín, por qué nosotros no este festival". Y de hecho, sería difícil imaginarse un San Fermín en Brattleboro. No conozco Pamplona, pero mi poco tiempo en España me hizo percibir un alto grado de intensidad en su gente, difícil de explicar. Brattleboro, por el contrario, parece tranquilo, pacífico, amigable, tanto que probablemente muchos de mis amigos limeños se aburrirían muy rápidamente viviendo ahí. El festival es un homenaje a la tradición de familias granjeras, específicamente ganaderas de la localidad y por ese motivo, la gente suele vestirse con motivos vinculados al tema. Esta mujer, disfrazada de ubre, me dió el exacto tono rosado que necesito para el concurso.
jueves 25 de octubre de 2007
Visa por diez horas
Por supuesto, mi vida estuvo tan agitada los días previos al viaje y yo era tan poco experimentada en los avatares de los viajes internacionales que no hice ninguna averiguación previa que me diera información para desenvolverme en esas diez horas. Quizás por eso no tuve ninguna angustia y todo me salió a pedir de boca.
No sé por qué asocié Los Ángeles con UCLA. No me interesaban para nada los tours en Hollywood. Quería saber cómo era una ciudad universitaria en Estados Unidos y esa era la única universidad en Los Ángeles de la que había oído decir algo. Así que resolví guardar todo lo que no necesitaba de mi equipaje de mano en un locker del aeropuerto, salir con mi bolso de mano casi vacío, preguntar las direcciones en la ventanilla de información, coger un mapa y tomarme un bus para UCLA. Acostumbrada a los campus universitarios limeños, quedé de una pieza al descubrir lo inmensas que suelen ser las universidades por esos lares. Son, en realidad, ciudades universitarias como su nombre lo indica.

Asombrada y entusiasmada, di vueltas por el campus, visité la librería y compré varios libros que hasta ahora me acompañan, leí ávidamente las pizarras llenas de todo tipo de información. Teniendo reciente la experiencia del Diploma de Estudios de Género en la PUC, fui entusiasmada en búsqueda de el centro para estudiantes mujeres (hoy, con el paso del tiempo, centro para mujeres y varones) en el que encontré una variedad de servicios e información que raramente se podría esperar aún ahora en ninguna de las universidades peruanas, a despecho de que los cursos sobre género no sean ya tan extraños. Entre tanta información, encontré que en la tarde se iba a realizar una conferencia de Joan Scott sobre Género en la Educación Superior (su texto "El género, una categoría útil para el análisis histórico" había sido LA lectura básica en el diploma), y por supuesto, yo no podía perderme de verla en vivo y en directo, aun cuando dudaba que entendiera algo de lo que iba a decir. No sólo entendí sino que me atreví a hacer preguntas.
Al final, mientras salía, entablé conversación con una profesora de música de UCLA que también había atendido la conferencia. Me preguntó qué hacía por ahí y mientras yo le contaba entusiasmada cómo había pasado el día y el viaje al otro lado del mundo que me esperaba, me invitó a comer a un restaurante de comida coreana y luego me llevó al aeropuerto.
Fueron unas diez intensas horas que me dejaron marcada para viajar y atreverme a experimentar lo más posible. Y estos últimos diez años han sido una permanente confirmación de lo acertado de esa experiencia.
jueves 27 de septiembre de 2007
Las playas en Bangladesh
Luego de casi dos meses en Bangladesh, como asistente a un curso internacional, creí que mis reservas de sorpresa se habían agotado. Me había acostumbrado a que mis compañeros de clase comieran con la mano derecha y sin cubiertos, a que en las recepciones no hubiera alcohol, a que en las fiestas no se bailara como sucede en nuestras tierras. Me había acostumbrado, eso creía, a estar al otro lado del mundo.
Como parte del curso, teníamos programado un viaje al lugar turístico por excelencia de Bangladesh, el balneario de Cox’s Bazaar, famoso por tener una de las playas más largas del mundo (al menos eso es lo que decían mis amigos de allá). Tenía muchas expectativas sobre este paseo, pues el verano era bastante fuerte y no había tenido la oportunidad de ir a la playa hasta ese fin de semana.
Quizás si hubiera puesto mayor atención a ciertos detalles, este episodio no hubiera sucedido. Ahora recuerdo que cuando hacíamos los planes, Helal, uno de mis compañeros de calse, sugirió que, como estaríamos llegando cerca al mediodía, nos hospedemos en el hotel, almorcemos, hagamos algunas compras, y vayamos a la playa recién al atardecer, para disfrutar del ocaso. Con mi habitual terquedad, logré convencerlos de adelantar el horario.
También recuerdo que cuando finalmente estábamos en camino a la playa, me percaté de que, si bien algunos de mis compañeros habían aligerado sus ropas, había otros con camisa, pantalones, medias y zapatos. Las mujeres también estaban con su ropa cotidiana. Interpreté rápidamente que, poco habituados a ir a la playa, no tenían los implementos y accesorios con los que los limeños acompañamos nuestras incursiones al mar, pero que seguramente todos tenían puesta su ropa de baño.
Cuando divisé la playa quedé extasiada. La arena dorada, vacía de bañistas, se extendía hasta donde podía mirar. Las olas amigables me llamaban con un susurro, los rayos del sol me empujaban al agua. Tan rápido como pude, me quité el polo y la falda que tenía puestos sobre la ropa de baño, los puse en mi bolsa, se los di a un amigo y entré directamente al agua, sin mirar atrás. Cuando atiné a voltear la vista, después de un par de zambullidas, me di cuenta que, sin saber de donde, cerca de cincuenta ansiosos hombres venían hacia mí. Por fortuna, mis amigos se habían dado cuenta y se adelantaron, creando una pared entre mi ocasional público y yo. Sin saber como, tenía de nuevo toda la ropa puesta y salí del agua escoltada.
Nunca creí que una menuda limeña, de medidas cautelosas y mediana edad, pudiera causar tanta sensación! Ahí me expliqué porque no hay turistas extranjeros en las playas de Bangladesh.
